La iconografía de este tema se desarrolla a partir de las palabras dirigidas por Jesús a sus discípulos, según el Evangelio de san Mateo: al final de los tiempos, Cristo volverá para llevar a cabo la resurrección general de los muertos, que serán juzgados, junto con los vivos, y enviados al cielo o al infierno, según sus obras de caridad.
Se suele representar a Cristo en el centro de la composición (a menudo como pantocrátor e incluso con la Virgen y san Juan Bautista, en una Déesis), flanqueado por los apóstoles; debajo, los muertos salen de sus tumbas, el arcángel san Miguel pesa sus almas en una balanza, y los justos, a la derecha de Cristo, son conducidos al paraíso, mientras los pecadores, a su izquierda, son arrojados al infierno, donde se representa todo tipo de torturas, generalmente en correspondencia con las características del pecado cometido.
La relación existente entre este tema y la Visión apocalíptica (segunda venida de Cristo al final de los tiempos) explica que, a menudo, se combinen elementos de uno y otro en las representaciones artísticas. Así, junto a Cristo Juez, pueden aparecer los veinticuatro ancianos del Apocalipsis y los cuatro seres vivientes (tetramorfos).
El Juicio final fue ampliamente representado en la Edad Media, en especial en los tímpanos de las portadas occidentales de las iglesias románicas, por asimilación en el oeste del ocaso, la muerte y el pecado. Pero se pueden encontrar realizaciones artísticas posteriores, como la de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina o Finis gloriae mundi, de Valdés Leal, aunque con un tratamiento completamente diferente, como corresponde a una obra renacentista y otra plenamente barroca.